Era un caluroso día de julio en Shanghái. Agnes y Guido no se conocían, no sabían el uno del otro, y aun así, casi al mismo tiempo y de manera espontánea, tomaron la misma decisión: ir a Mandarin Pool, una pileta en un complejo en las afueras de la ciudad. Que el lugar estuviera escondido entre edificios y fuera difícil de encontrar terminaría siendo, sin saberlo, parte de la historia.

Agnes salió del subte cuando un joven le preguntó cómo llegar. Ella tampoco lo sabía y, sin pensarlo demasiado, le dijo que también estaba buscando la pileta y que podían ir juntos. Cruzaron un puente y, al llegar al otro lado de la avenida, dudaron: ¿a la izquierda o a la derecha?

Fue en ese momento cuando Agnes miró hacia la izquierda y vio a Guido por primera vez. Caminaba por la calle junto a un colega del trabajo. A estos dos les podemos preguntar, pensó ella. Y lo hizo. Fue en ese momento cuando el destino decidió jugar sus cartas, un argentino y una austríaca, viviendo en China, cruzándose en una ciudad de 23 millones de habitantes. Unos segundos antes o después, y no se habrían visto nunca. Ese cruce, tan cotidiano y tan improbable al mismo tiempo, fue el único punto en el que sus caminos podían coincidir. El punto en el que se encontraron y sus vidas cambiaron para siempre.

 

 

Volviendo a la historia, todavía faltaban unos diez minutos hasta la pileta. Tiempo suficiente para que Agnes y Guido empezaran a charlar con una naturalidad inesperada. El compañero de Guido y el improvisado compañero de búsqueda de Agnes quedaron atrás. Guido llevaba pocos meses en China y tenía muchas ganas de conocer Pekín. Agnes había vivido allí dos años. Ella, además, no estaba segura de si quería quedarse en China o mudarse a otro lugar. Buenos Aires aparecía como una opción posible, dado que tenía muy buenas referencias de la ciudad. Eso fue excusa suficiente para quedar en contacto y seguir charlando sobre consejos de viaje para cada uno de los destinos.

Al llegar a la pileta, Guido le pasó su número de teléfono a Agnes. Cada uno se fue con su grupo de amigos. La pileta era grande, lo suficiente como para que sus caminos no volvieran a cruzarse ese día.

Pasaron tres semanas, nadie sabe bien por qué tanto tiempo, hasta que Agnes le escribió para preguntarle cuándo podían verse y continuar su charla sobre Pekín y Buenos Aires. Acordaron encontrarse al día siguiente. Un miércoles.

Para coordinar el lugar, Guido la llamó por teléfono. A Agnes le gustó mucho ese gesto: en una época en la que casi todo contacto es por mensaje, una llamada le resultó distinta, cercana y natural.

 

 

 

Acordaron día y lugar sin saber que esa misma noche, el 8.8.2012, un tifón avanzaba directo hacia Shanghái. Las calles estaban vacías y la mayoría de bares y restaurantes cerrados. Pero encontraron uno abierto: Kommune, un bar alemán en el barrio artístico Tian Zi Fang. Punto de encuentro: 21 hs.

A Agnes le llevó bastante tiempo conseguir un taxi que aceptara llevarla en medio del tifón. Para colmo, se había quedado sin crédito en su celular chino y no podía avisar que llegaría tarde. Como última opción le pidió al taxista su teléfono para llamar a Guido y explicarle la situación. Finalmente llegó, y así comenzó el “typhoon date” (cita del tifón), como la llamarían después. Duró horas, llenas de risas, anécdotas y charlas profundas, terminando con un beso.

Poco tiempo después, casi sin pensarlo, compraron un pasaje en el tren nocturno y se fueron un fin de semana a Pekín. Agnes le mostraría a Guido, en persona, todo lo que le había contado sobre la capital china. Así comenzó un año especial: largas cenas, noches tranquilas entre copas de vino, risotto, comida china y lasaña, conversaciones que se estiraban hasta tarde. Paseos abrazados en la moto eléctrica de Agnes por las calles de Shanghái, viajes inolvidables por Asia y una aventura única por las ciudades de India.

 

 

 

Casi dos años después, las cosas se volvieron más difíciles. Guido atravesó un momento complicado en el trabajo y dejó Shanghái para volver a Buenos Aires. La distancia, doce horas de diferencia y 35 hs. de vuelo, los llevó a tomar caminos distintos durante un tiempo. Para ambos empezó un año duro, de búsqueda personal. Finalmente, Agnes también dejó Shanghái y se mudó a Stuttgart.

Durante un año estuvieron en contacto de manera esporádica, con mensajes y alguna llamada cada tanto. Hacia fin de año, las llamadas se volvieron más frecuentes. Después, diarias. Hasta que quedó claro que separados no funcionaban.

Guido sacó entonces un pasaje a Alemania para pasar allí la Navidad de 2015. Hacía casi un año y medio que no se veían. Pero la conexión volvió de inmediato. Todo era como en Shanghái. En realidad, incluso mejor.

El 6 de agosto de 2016, Guido se mudó a Stuttgart. Un paso importante hacia una vida compartida. Entre cursos de alemán, nuevos proyectos y un sueño en común, empezaron a construir su vida juntos en Alemania.

 

 

En noviembre de 2018 llegó el primer gran regalo de sus vidas: el nacimiento de su hija Constanza.

En enero de 2020, Agnes y Guido se casaron por civil en Stuttgart, con Constanza como su única testigo. El sábado 8.8.2020 iba a ser la gran fiesta, pero la llegada del COVID lo impidió.

En julio de 2021, Agnes, Guido y Constanza se mudaron a Viena, comenzando una nueva etapa. Un mes después, en agosto, llegó el segundo gran regalo de sus vidas: su hija Letizia.

 

 

Pasó mucho tiempo desde entonces. Pero siempre lo dijeron: cuando el 8.8 volviera a caer un sábado, iban a celebrar su fiesta de casamiento con sus familias y seres queridos. En China, el 8 es el número de la suerte y simboliza el éxito. El 8.8 se considera especialmente afortunado porque la suerte se duplica. Que la cita del tifón haya sido justamente el 8.8.2012 quizás no fue casualidad, sino una bendición temprana para una historia destinada a cumplirse.

 

El 8.8.2026 finalmente llega ese día. Exactamente catorce años después de aquel “typhoon date”. Estamos felices de celebrarlo con ustedes! ❤️😃